viernes, 8 de julio de 2011

Cuando todavía era bonita

Estaba lloviendo y hacía frío. No tenía más que una campera fina y ningún techo sobresalía de ningún edificio en los cien metros a la redonda de tu casa. El umbral, frente a la que debería ser tu puerta, dejaba un margen de quizás diez centímetros de refugio acuático. Vagamente, recuerdo que era de noche. Lo supongo, porque hacía frío y era verano. Verano, como siempre (como aquella vez, tu mente). Estuve parada, debajo de esos diez, el único espacio donde la caída del agua mermaba un poco, quizás media hora, quizás una hora, o dos. Hacer una recopilación descriptiva es algo complicado, pero estuve un tiempo, hasta que no aguanté más, mis piernas se cansaron, y me senté.

Mis rodillas estaban empapadas, mis pies eran dos hermosas lagunas en las que más de un pez se hubiese deleitado sambulléndose con gracia y entusiasmo, salvo que no había nadie alrededor, ni a cien metros a la redonda, ni a veinte cuadras a la redonda. Lo que suponía ser un almacén en la esquina, resulta que estaba más cerrado que tu puerta ese eterno día de lluvia eterna. Ni salías, ni llegabas, ni me iba. Lo único que estaba pasando en ese momento era la lluvia y yo.

Creo que repasé en mi cabeza más de un billón y medio de veces qué iba a decir, qué ibas a contestar y cómo íbamos a terminar (en una cama mirando la tele seguro que no). Creo que tanto lo repasé, o más bien, lo reinventé, que me costaba discernir entre lo que (no) estaba pasando y lo que realmente quería que pase. Y de creer, voy a pasar a algo que es asumir que somos todas iguales y que cuando se refiere a películas mentales "jamás imaginadas", deberíamos tener varios Oscar en nuestra repisa. Al menos, yo se que me merezco algunos.

Lo que pasó esa noche no fue más que eso, una película, como toda la historia de mi vida, bah. Es que simplemente es más emocionante lo que pasa en mi cabeza que lo que está pasando sobre el planeta Tierrra. Díganme que miento y enseguida me retiro del rubro...

En cuanto al final de esa noche (que no fue mirar la tele, en su cama, calentitos, ni tomar una cerveza juntos en el bar, ni hablar sobre las cosas más locas de su vida, mi vida y mi trastornado cerebro), fue fatal. El tipo jamás salió de la casa, el tipo jamás llegó a la casa, la tipa llamó por teléfono a su casa después de cuatro horas y media sentada en la puerta de enfrente para enterarse finalmente que el tipo se había ido todo el fin de semana a la costa con la minita con la que salía hace seis meses. La tipa, después de la llamada, se quedó sentada, pongamosle, media hora más, intentando a duras penas salir de aquella lluvia fría que le estaba callendo en las rodillas y en lo que hasta hace unos minutos debería ser su corazón (o algo así).

Por suerte, para la tipa, ella estuvo toda la noche sentada en su casa, adelante de una computadora, mirando como él le decía idioteces a través del monitor con algún que otro "jajaja" (lo que significa que no era simple compromiso) mientras que, en su facebook, su estado todavía indicaba "soltero". Por suerte, la lluvia de afuera (quizás lo único real de toda esta historia) no le dejó ninguna neumonía de regalo.

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